Ha llegado el momento de compartir una vez más mis convicciones antidemocráticas.
La gran idea de la democracia es hoy el concepto más profanado y pervertido del mundo actual. Para la mayoría de las personas que no han desaprendido a pensar, esta palabra hace tiempo que no provoca más que irritación e ironía. ¿Cuál es el problema?
La democracia no es un fin en sí mismo, sino uno de los métodos para mejorar nuestra sociedad. No es un sistema político, sino un instrumento para gestionarlo. Sin duda, el más preferible de todos. Y al mismo tiempo, el más cómodo para cualquier manipulación. Por eso, la mayoría de las democracias actuales son dictaduras de la politecnología y la ignorancia.
La celebración periódica de elecciones no es en absoluto el único indicador, ni mucho menos el principal, de la democracia. Su fundamento es la participación activa y cotidiana de los ciudadanos comunes en la política y su organización con ese fin, y no necesariamente dentro de un partido.
Llamar "democracia" a los espectáculos electorales que se basan enteramente en la manipulación y la ignorancia es un completo malentendido del sentido de esta palabra. El modelo occidental de democracia no es ni mucho menos el único, ni mucho menos el mejor de sus variedades. Las elecciones "directas y universales" de una población manipulable y que no entiende nada de política no son elecciones en absoluto. Tanto Trump, como Milei, como Zelenski, y demás tristes celebridades, son un producto desagradable pero natural de la actividad vital de este sistema. Resulta también curioso que, por lo general, este sistema se alimenta de lo mismo que excreta de sí mismo, resultando autosuficiente en el más miserable sentido de la palabra.
En la historia han existido y siguen existiendo otros modelos de participación democrática. Por ejemplo, en Cuba, poco después del triunfo de la revolución, se crearon los órganos territoriales de poder local: los "comités de defensa de la revolución". Para la aprobación de determinadas decisiones políticas importantes o para la elección del gobierno, eran precisamente estos comités, integrados por ciudadanos políticamente activos, los que elegían a sus delegados, quienes a su vez, en la instancia regional, elegían a sus representantes, y eran estas personas, meritorias y probadas por su participación personal constante en el trabajo comunitario, quienes tomaban las decisiones políticas al más alto nivel. Por eso Fidel nunca aceptó el modelo de "elecciones universales y libres" que Occidente le imponía constantemente a Cuba. Esquemas similares funcionan en algunos territorios indígenas de América Latina, donde no ha llegado el Estado oligárquico que les es hostil, y en muchos otros lugares del mundo donde el tejido social aún no ha sido destruido por el neoliberalismo.
Sin educación, sin cultura y sin valores colectivistas universales en la sociedad, cualquier elección será sin elección. Para que la verdadera democracia sea posible, antes de su advenimiento es necesaria la victoria de la dictadura de la conciencia.
Por Oleg Yasynsky
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